Valentín Domínguez

Valentín Domínguez se encamina por los senderos de la pintura en busca de temas espirituales e imágenes que recrean el contacto con la naturaleza que tuvo en su comunidad natal, Santos Reyes Pápalo, Oaxaca, en la cual vino al mundo en 1996.

Como pintor, surgió del autodidactismo, aunque ha ido reformando su oficio gracias al contacto que tuvo con la obra de numerosos artistas al trabajar en una galería de artes plásticas. Actualmente estudia en la Facultad de Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca.

Las memorias de infancia definen la actual producción pictórica de Valentín Domínguez, pues las efigies de mariposas, luciérnagas, aves y otras criaturas presentes en la naturaleza, que ejecuta en tonos preferentemente azules, pues así recrea la “tranquilidad y paz espiritual”. Con ello, el pintor pretende recuperar las experiencias de su niñez en el ecosistema de su comunidad natal, añadiendo a esas memorias dichosas las nociones que ha adquirido mediante su trato con el arte.

Una meticulosa elaboración iconográfica le permite a este joven pintor evocar con gran delicadeza las efigies de animales que, en su interpretación, dejan atrás los elementos silvestres o salvajes para asumir la condición de símbolos. La línea sintética y el manejo del color tornan estas imágenes en metáforas de un empeño a la vez místico y materialista (por su apego a la esencia animal). El pintor asume una noción que ciertos gnósticos entrevieron: el cuerpo es el templo del espíritu, y acaso por eso sus referentes copian lo más corpóreo a su alcance: estas efigies de la naturaleza.

En su elaboración figurativa, Valentín Domínguez apunta a elementos que están más allá de lo estrictamente visible. Su pintura es una apuesta por expresar lo indecible mediante estrategias de representación que satisfacen la perspectiva materialista, pero que sin duda buscan inducir en el espectador la nostalgia de otro mundo. Ese proceso, otros artistas que manejaron medios e instrumentos de otra índole –la palabra, la representación dramática– lo designaron anagnórisis: el re-conocimiento, la revalidación de la memoria como un retorno a la unidad original del ser con su entorno.

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